Antes de fijar un tratamiento a seguir para dar solución a una displasia de cadera, primero debemos hacer una evaluación médica que nos permita conocer las características del paciente (edad, peso, tamaño, condición, etc.) y que también, nos ayude a determinar cuál es la magnitud del daño presente.
Los recién nacidos pueden tratarse de una forma más fácil, haciendo uso de un dispositivo llamado arnés de Pavlik, que se encarga de mantener la articulación firme en su lugar durante algunos meses. Después de los 6 meses de vida la función del arnés no es tan eficiente, por lo que podemos recomendar un yeso en espiga para colocar el fémur y la pelvis en la posición correcta.
Las displasias más graves, podrían necesitar cirugías para poder corregir a nivel interno el encaje articular; o en su defecto, realizar un reemplazo de cadera. Este tema lo ampliaremos a continuación…
Actualmente, la osteotomía periacetabular (PAO) es el procedimiento quirúrgico más común para tratar la displasia de cadera. Esta cirugía tiene una duración aproximada de 2 o 3 horas; en este tiempo, el médico reposiciona el acetábulo en una dirección más normal y luego, lo fija encima de la cabeza femoral con la ayuda de pequeños tornillos.
Cuando el paciente cuenta adicionalmente con daños en el labrum (cartílago blando), es posible que a la cirugía se le añada un procedimiento artroscópico paralelo, para volver a fijar el labrum o extraer parte del tejido desgarrado, mejorando de esta forma la sensación de dolor que provocaba el cartílago afectado.
El tratamiento fisioterapéutico inicial, está destinado a solucionar el problema articular desde afuera, para evitar que este llegue a una cirugía. Si esto no da los resultados esperados, se recurrirá (pasada la cirugía) a los ejercicios de fisioterapia como tratamiento adyuvante en la etapa de recuperación de la displasia de cadera.
Es una afección que se presenta generalmente al momento del nacimiento, la cual se origina por el desarrollo incorrecto de los huesos de la cadera. La displasia de cadera suele ser un problema congénito, donde el extremo superior del fémur no encaja correctamente en el acetábulo de la cadera; lo que ocasiona una dislocación articular total o parcial.
Si la displasia de cadera no fue diagnosticada y tratada durante la niñez, existe el riesgo de que más adelante, en las etapas de juventud o adultez, la persona puede experimentar dolores de cadera y dificultad para caminar; debido al arqueo de las piernas o al desbalance en la estructura articular de la cadera.
La displasia de cadera en los adultos, comienza por anomalías durante el desarrollo del acetábulo o como secuela de un tratamiento fracasado para corregir la displasia. La unión inestable entre el fémur y el acetábulo, hace que el desgaste de la cadera ocurra de una forma más rápida, en comparación con el desgaste normal relacionado al envejecimiento.
En bebés, los signos de la displasia pueden reflejarse de la siguiente manera:
Los padres pueden notar una ligera diferencia en la longitud de las piernas (una más corta y otra más larga).
El niño cojea al caminar.
En el cambio de pañal, el movimiento de flexión de una pierna es más fluido que el de la otra.
La displasia de cadera en jóvenes y adultos, puede traer consigo una sintomatología más aguda (dolor inguinal, inestabilidad y pérdida de fuerza) sumada a nuevas complicaciones como, por ejemplo: roturas del labrum, osteoartritis, etc.
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